La Sociedad Española de Farmacéuticos de Atención Primaria (Sefap) ha puesto de manifiesto la necesidad de abordar la prescripción de legado en el sistema sanitario, un fenómeno que hace referencia a aquellos tratamientos concebidos para un periodo limitado o intermedio que terminan integrándose en la medicación crónica de un paciente sin una reevaluación suficiente de su indicación, duración, efectividad, seguridad y concordancia con los objetivos actuales del afectado. Desde la sociedad científica han señalado que el farmacéutico de Atención Primaria aporta una capacidad diferencial para identificar y resolver estas situaciones dentro de los equipos de asistencia asistencial.
En la historia farmacoterapéutica de muchos pacientes existen medicamentos que entran por una puerta perfectamente justificada pero que no encuentran la puerta de salida. Esta situación se produce con frecuencia en fármacos como los protectores gástricos iniciados durante un episodio agudo, tratamientos sintomáticos que sobreviven al síntoma o fármacos indicados tras una crisis clínica cuya duración prevista queda sepultada bajo renovaciones sucesivas. La presidenta de Sefap, Mercedes Pereira, ha afirmado que la duración puede convertirse en una fuente de prescripción inadecuada tan relevante como la dosis, la interacción o la duplicidad.
Para dimensionar el alcance de este problema, la entidad se remite a un estudio realizado en Canadá con una cohorte de más de 50.000 adultos atendidos en Atención Primaria. Dicha investigación identificó prescripción de legado en el 46 % de los tratamientos antidepresivos, en el 45 % de los tratamientos con inhibidores de la bomba de protones y en el 14 % de los tratamientos con bisfosfonatos. Aunque la presidenta de la sociedad ha precisado que estos datos no deben trasladarse sin más a España ni permiten afirmar que cada tratamiento fuera clínicamente inapropiado, sí revelan una realidad que exige atención continuada por parte del sistema de salud.
Esta iniciativa forma parte de la serie ‘La necesidad invisible’, iniciada el mes pasado por la sociedad científica para poner en valor el potencial clínico de estos profesionales. Si la primera entrega abordó las cascadas de prescripción, esta segunda etapa se centra en la sedimentación de tratamientos. La presidenta de la organización ha argumentado que mientras el sistema está muy preparado para incorporar tratamientos, se encuentra bastante menos preparado para señalar cuándo deben reevaluarse y quién debe cerrar el ciclo. Además, ambos fenómenos pueden alimentarse mutuamente, puesto que un medicamento que permanece sin revisión puede provocar un síntoma, este generar una nueva prescripción y, posteriormente, continuar ambas de forma indefinida.
El FAP como observador longitudinal
Desde la organización han recordado que todo tratamiento debe poder responder a cinco preguntas esenciales: para qué se indicó, qué resultado se espera, durante cuánto tiempo se prevé mantenerlo, cuándo se revisará y quién asume el seguimiento. Los sistemas de información actuales permiten identificar tratamientos cuya duración excede la prevista, medicamentos sin indicación trazable, ausencia de monitorización, duplicidades de finalidad o pautas que persisten después de una transición asistencial. Sin embargo, Pereira ha sostenido que detectar no equivale a resolver, ya que una señal solo mejora la seguridad cuando llega al profesional adecuado, incorpora el contexto clínico, permite acordar una decisión con el paciente y activa el seguimiento.
Es en este punto donde el farmacéutico de Atención Primaria aporta su capacidad diferencial. Su labor no se limita al medicamento aislado ni a un episodio concreto, sino que reconstruye la historia farmacoterapéutica, analiza la duración, la indicación, la efectividad, la seguridad y la carga terapéutica. Asimismo, cruza la prescripción con diagnósticos, resultados clínicos, analíticas, ingresos y cambios de nivel asistencial, lo que permite priorizar los casos en los que la permanencia de la medicación ha dejado de aportar valor clínico al paciente.
En este proceso de revisión, el profesional no llega con una lista automática de fármacos que deban desaparecer ni sustituye al profesional responsable de la decisión clínica. Su cometido consiste en identificar, contextualizar y formular una propuesta coordinada con medicina, enfermería, farmacia hospitalaria y farmacia comunitaria cuando procede. Tras incorporar las preferencias y posibilidades del paciente, ayuda a planificar una reducción, retirada, sustitución o continuidad razonada del tratamiento.
Posteriormente, el farmacéutico comprueba la evolución de la medida adoptada. Desde la sociedad han recalcado que deprescribir bien no consiste en borrar una línea de la receta, sino en tomar una decisión clínica, comunicarla, vigilar posibles síntomas de retirada o la reaparición del problema de salud y dejar abierta una vía de respuesta para el paciente.
Un campo de mejora asistencial
El abordaje de la prescripción de legado ofrece un campo de mejora directo para los gestores sanitarios, dado que estas situaciones se pueden buscar mediante datos poblacionales, priorizar en función del riesgo y evaluar por resultados de salud. La presidenta de la entidad ha reflexionado sobre la necesidad de no limitarse a contar los medicamentos retirados, instando a medir los tratamientos revisados con una decisión documentada, los problemas farmacoterapéuticos resueltos, la adecuación mantenida, los eventos evitables, la carga terapéutica, la experiencia del paciente y el tiempo transcurrido hasta la resolución.
En cuanto a los responsables políticos, la SEFAP ha trasladado que la revisión de tratamientos no puede descansar en campañas ocasionales ni en el esfuerzo individual de profesionales que encuentran tiempo donde no lo hay. Para convertir esta necesidad en una capacidad visible y organizada, se requiere dotar al sistema sanitario de herramientas específicas de gestión y estructura.
Entre las demandas expresadas por la organización destacan la implantación de sistemas de prescripción que incorporen la duración y la revisión obligatoria, la interoperabilidad real entre niveles asistenciales, el establecimiento de circuitos de consulta y agendas asistenciales propias, así como una plantilla de farmacéuticos de Atención Primaria dimensionada e integrada de forma efectiva en los equipos sanitarios.
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